SAGA INVIERNO YA HA COMENZADO CON CLAUDIO HERNÁNDEZ

SAGA INVIERNO las siete entregas de los thrillers de Claudio Hernández
SAGA INVIERNO las siete entregas de los thrillers de Claudio Hernández

Saga invierno

1

Si había algo en qué reflexionar y divagar bajo la luz del sol, era en su don. Aquello que le hacía ver cosas que cualquier otra persona no podía hacer. Su madre siempre le había llamado «El Brillo» y aquellas dos palabras resonaban una y otra vez en su cabeza como un gran mazo de roqué. Hastiado algunas veces o preocupado otras, e incluso impresionado la mayoría de las veces, Peter había encontrado un punto de inflexión que se parecía a un moco laxo sobre la superficie de la mesa.

Entonces sonreía al pensarlo. Pero después, mucho más tarde, reflexionaba de nuevo y había descubierto una cosa que era real: que tenía que soportar todo aquel peso sobre su cabeza. Una masa oscura, amorfa y que pesaba hasta que las sienes se abultasen como dos ojos queriéndose escapar de sus órbitas.
Entonces lo veía todo.


Su mano era su cruz. El hormigueo en las piernas eran sus pisadas entre el barro horadado por las punteras de sus botas. El entumecimiento de la cara era como si millones de hormigas se arrastrasen con una migaja encima, por la piel áspera de Peter, y el miedo, eso que no tiene definición o que posee muchas palabras; se escondía en el palpitar de su corazón que a veces se veía en la punta de la lengua como un alíen resollando antes de escapar de allí.

Era cuestión de tiempo que Peter Bray conociera su gran tragedia de sucumbir a su don. Enamorarse de quien quizá no debía y de no tener amigos que señalar con su dedo índice destartalado. Su campo visual se reducía a la nada ante tanta frustración. Él se sentía pequeño, a veces, pero la otra sensación no la conocía. Simplemente había oscuridad en un silencio absurdo, ominoso y a veces tétrico o perturbador.


Lo que venía después, era lo que más derroche de materia gris le deparaba. Apretaba su puño o sencillamente deslizaba sus dedos sobre aquellas desgraciadas. Sí, porque en Boad Hill, que se encontraba a menos de cuarenta millas de Portland, siempre iba a suceder.
Y sucedió.


Peter alzó la mirada hacia el astro rey y de pronto se cegó como cuando salía del túnel negro, pero en esta ocasión ni el dolor ni las punzadas fluían por sus venas o sus sienes. En este momento solo sentía calor en sus retinas. Y siguió mirando hasta clavar sus ojos en aquella absurda bola broncínea que salía cada nuevo día de un extremo de las montañas rocosas. Siempre de izquierda a derecha.
Siempre salía.
Y ellos o ellas, también lo hacían.

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