CLAUDIO HERNÁNDEZ ADELANTA LA LECTURA DE SU NUEVO RELATO

SALEN CUANDO LLEGA LA NOCHE vampiros de Claudio Hernández
SALEN CUANDO LLEGA LA NOCHE vampiros de Claudio Hernández

UN PEQUEÑO ADELANTO

2

—Nadie ha traspasado la línea de los árboles. Ellos nos protegen a nosotros. A todos. Incluidos a vosotros, pequeños. —Un rollizo dedo los señaló a todos, uno por uno, mientras los críos con la cara sucia se iluminaban el rostro con sus grandes ojos abiertos como dos lunas, pero que se ensombrecían por el miedo reflejado en sus retinas—. Así que ya sabéis. Si no queréis que el arbolfeat os coja, nunca, nunca entréis en el bosque.

Después de esto, un dedo más negruzco que un palo de carbón señaló el techo de madrea de la pequeña casa. A su espalda el viento gemía detrás de la puerta y la hacía vibrar con sus lamentos.

—Dime hijo —habló el anciano. Sus cejas se enarcaron y por vez primera su bigote de gran espesura pareció retorcerse bajo la abultada nariz. Eso era prominencia en un órgano—. Te escucho. ¿Qué quieres saber?

—Mi papá dice que no existe ese tal arbolfeat. Siempre me dice que no es más que una patraña.

El anciano esbozó una leve sonrisa. Solo le faltaba el humo de tabaco enroscándose en su cabeza como una chimenea. Y entonces contemplaría la magia absoluta. Pensó que el pequeño era atrevido y mal hablado.

—Pues tu papá está muy equivocado. Hazme caso chico. No quiero que entres en el bosque y mucho menos en la cueva del acantilado que se alza sobre los copos de los árboles. —Esta vez dejó aparcada su sonrisa para ponerse serio. Y no era precisamente bello cuando ponía cara de enfadado o quizá, dubitativo. Verlo de esa manera hacía presagiar desgracias.

—Vale señor Orley —acució el pequeño. Estaba sentado en la última fila y solo se le podía ver el cabello de la cabeza y algo de sus pequeñas cejas. Delante de él, los demás críos resollaban.

Orley cabeceó dos veces.

Pero nunca pensó que volvería a suceder otra vez. Era el año 1648 y en Transilvania seguía lloviendo copiosamente, oscureciéndose a medio día y a escucharse los lamentos de aquellos miles de empalados por las noches, rebotando en las paredes de madera y tras las puertas.

A veces, se veían siluetas agarradas en las ventanas e incluso en las chimeneas. Eran tan oscuras como el humo de una leña fresca y verde que le costaba arder.

La fumata del siglo XVI.

3

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